¡Y arrancan las campañas políticas!

Arrancaron las campañas políticas de los candidatos a las alcaldías de los municipios de Veracruz.

Y ya se empiezan a escuchar los argumentos en favor de cada uno. Pero lo que llama la atención son los argumentos en contra de algunos de ellos.

Son en total doscientos doce municipios y contando que son cinco partidos políticos y dos coaliciones, tendremos en total mil cuatrocientos ochenta y cuatro personas compitiendo por un escaño político.

La situación está así: de estas casi 1500 personas, un buen porcentaje ya son conocidos por la población, pero no por sus buenas obras, sino por su soberbia, prepotencia, corruptelas, ineptitud, participación en hechos delictivos o vergonzosos, ambición y demás pecados políticos y sociales.

El porcentaje restante es menos conocido o casi desconocido, ya sea porque militan en partidos de reciente creación o con pocos miembros, además de mostrarse solo en las campañas –en las que pierden- y de ahí ya no se les vuelve a ver públicamente.

Así que la población tiene una muy difícil elección este año. Al estar frente a la boleta electoral tendrá que elegir entre siete u ocho opciones –contando con algún candidato independiente- de quienes no tendrá buena información o ninguna información o de plano tendrá mala información.

En una democracia esto es contraproducente: los electores desinformados toman malas decisiones. Incluso los que se abstienen pueden estar contribuyendo a que los resultados tomen una dirección inconveniente.

Ahora bien ¿Qué se necesita para ser un buen candidato?

Llevamos 80 años siendo gobernados por el mismo partido –con excepción de dos períodos que resultaron en lo mismo- por lo que resulta obvio pensar que nos falta experiencia para evaluar a personas que pretendan ejecutar la voluntad del pueblo o tomar decisiones que lo beneficien en lugar de perjudicarlo.

No hay una guía para efectuar juicios a los candidatos, por lo que me atrevo a enumerar algunos aspectos que a mi entendimiento podrían servir para tal efecto.

  • Reconocimiento entre la población

Es evidente que entre más popular sea, más fácil será que lo escuchen, que asistan a sus asambleas y que le pongan atención. No es gratuito que muchos gobernantes se hayan dedicado antes a alguna labor artística o deportiva. Una persona reconocida atrae porque ya es una figura pública y por lo tanto atrae a las masas. De ahí podemos inferir que cualquier candidato que pretenda seriamente llegar a esas masas, deberá hacer uso de las plataformas de proyección existentes a fin de darse a conocer físicamente y no solo de nombre.

  • Plan de trabajo

Y no solo promesas de cambio o de justicia. Un plan de trabajo bien trazado que aunque pueda o deba ajustarse en el camino sea la línea con la que su administración va a trabajar. Tener definido tal línea, facilita a los electores la decisión, porque ya saben lo que va a pasar una vez que tal candidato obtenga el puesto público.

  • Disposición al escrutinio público

Dice el dicho “El que nada debe, nada teme”. Aunque en la práctica todos pueden tener episodios oscuros, errores del pasado y malas decisiones, el estar dispuesto a ser revisado íntegramente genera confianza entre el electorado. Para ello debe estar consciente de su historial, aceptarlo y aceptar cualquier opinión que tengan sobre él. Ocultar episodios vergonzosos solo genera rechazo de los electores.

  • Humildad

Esta es la característica más fácil de obtener pero las más difícil de encontrar. Y digo que es la más fácil porque solo se requiere concienciar que obtener un puesto público requiere disposición de servir al pueblo, no de servirse de él. Es muy común que la muy natural soberbia humana sobresalga en la identidad de la persona investida con un nombramiento público. Se hace necesario que tal persona tenga los pies bien puestos en el suelo y rechace en sí mismo cualquier idea que lo dirija a apartarse de sus pares.

Hay otras características que podrían entrar en esta lista, pero es posible que algunas sean derivadas de estas o alguna combinación. Deliberadamente omití los grados académicos por dos razones: la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos no lo hace obligatorio y solo manejé aspectos morales que no pueden ser acreditados con algún documento.

Es hora de empezar a ser buenos electores y hacer nuestro trabajo como tal. No podemos permitirnos que una decisión tan importante para nuestra vida actual y futura la tomemos a la ligera.

 

 

 

Luciano García

Twitter: @Luciano__Garcia

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