Entre machos y machistas

El pasado 8 de marzo se celebró el Día Internacional de la Mujer, y entre que se trata de una conmemoración por la muerte de 146 personas, en su mayoría mujeres, en el incendio de una fábrica textil, o una celebración por el empoderamiento femenino, en realidad se trata de recordar la lucha de la mujer por su participación en las decisiones de la sociedad, por un trato equitativo e igualitario -que no es lo mismo- y por su desarrollo íntegro como persona.

Y desde otro punto de vista, se trata de la lucha contra el machismo imperante en la mayoría de las sociedades humanas.

Sobre cómo se manifiesta el machismo ya se han escrito y divulgado infinidad de tratados y tratamientos. Pero lo que se no ha dado  a conocer es la razón por la que surgió, se extendió, se afianzó y sigue vigente a tantos milenios de historia humana.

Debemos considerar un punto muy importante como premisa: a pesar de todas las semejanzas entre hombres y mujeres, en realidad no somos iguales. Existen diferencias naturales y fundamentales que debemos respetar y tomar en cuenta aunque hagamos hasta lo imposible por minimizar una o varias diferencias en particular.

Si bien es cierto que con entrenamiento y suplementos médicos o alimenticios se puede igualar o superar físicamente a un varón, o que con adecuada formación y dedicación se pueda lograr una excelencia académica o profesional, hay una función biológica que es exclusiva de las mujeres: la reproducción.




Esto pone al varón en una posición de colaborador en la función más importante del ser humano, con tareas como la provisión alimentaria y la seguridad familiar, que como ya apuntamos antes, la mujer también lo puede hacer; pero de alguna manera la naturaleza previno que el macho humano, a diferencia de otras especies animales, se desentendiera de la crianza y ayudara a la preservación de la especie. Es obvio que en las sociedades primitivas no existía el concepto de matrimonio, así que los varones permanecían junto a las mujeres por decisión propia.

Así se fue dando una separación de tareas en la cual los hombres se encargaban principalmente de la caza, pesca y recolección y las mujeres del cuidado de los críos y otras labores domésticas.

Con el tiempo, al irse asentando los grupos humanos y dejar atrás el nomadismo, surgió lo que conocemos como “propiedad privada”. Los cotos de caza, los instrumentos de trabajo, las viviendas y las tierras de labranza ya tenían dueño y sobrevino la necesidad de disponer de una forma de trasmitir esas propiedades a las nuevas generaciones.

Siendo que no existía el matrimonio, tampoco existía la certeza sobre la paternidad de los hijos. Solo se tenía la seguridad de quien era la madre. Algunas sociedades optaron por dejar esa propiedad privada a las mujeres, dando lugar a que sus hijos la heredaran. Existen sociedades actuales como los mosuo, en China o los minangkabau, en Sumatra, por mencionar algunas, que han continuado con este orden social.

También existen comunidades donde los varones optaron por heredar a los hijos de sus hermanas y muchas de estas sociedades matrilineales fueron o son poliándricas, es decir, la mujer puede tener varios esposos.

Pero también hubo sociedades donde el varón decidió apartar a las mujeres con las que copulaba, asegurando así que los hijos de esas mujeres fueran de su descendencia. De esta forma surgieron las sociedades poligínicas, de las que también hay ejemplos actuales, como los musulmanes, de Oriente Medio o los masai, en África, aunque la mayoría de aquellas sociedades optaron por la monogamia, ya que la poligamia exige que el varón tenga la capacidad económica para solventar las necesidades de toda la familia.

Esto es lo que dio origen al patriarcado. Siendo el hombre el proveedor de alimento y seguridad, terminó siendo también el poseedor de los bienes (muchos o pocos), heredables sólo a los hijos verdaderos, que más tarde se volvieron legítimos mediante la institución del matrimonio.

En vista de esto, las mujeres fueron educadas para complacer al varón con el objetivo de verse favorecidas con ofrecimientos matrimoniales convenientes. Los matrimonios eran arreglados por los padres o por las autoridades locales, a fin de lograr alianzas comerciales y políticas provechosas para las familias.

Así entonces, ya que sobre el varón recaían todas las responsabilidades económicas, como labrar la tierra, salir de cacería, defender las propiedades de ladrones o participar en guerras con grupos antagónicos, se hizo costumbre darle un trato preferencial en el seno familiar, puesto que se lo merecía y más adelante fue instaurado como ley divina por los líderes religiosos en libros como la Torá, la Biblia y el Corán, máximas guías para las tres grandes religiones del mundo: judía, cristiana e islámica. Como dato extra, la Torá, también llamada Pentateuco, es uno de los tres libros que conforman el Tanaj o Antiguo Testamento, el cual es considerado sagrado por las tres religiones mencionadas.

Considerando que la religión más antigua de las mencionadas tiene alrededor de cuatro mil años, las tres se han extendido a la mayor parte del mundo (con algunas variantes como las ramas protestantes) y han perdurado hasta nuestros días, podremos respondernos porqué se ha extendido y afianzado este concepto.

Sin embargo, las sociedades han cambiado; las condiciones económicas son diferentes. Ya no es posible que el varón común cumpla con todas las expectativas económicas y las mujeres han tenido que dejar los hogares y la relativa seguridad para afrontar retos laborales.

Lamentablemente el patriarcado original se deformó en una especie de ley en la que la mujer es considerada inferior al varón y que debe sujetarse a la voluntad y juicio masculino, por lo que su participación en ambientes productivos es menospreciada y sus derechos como individuo son negados. A esto se le llama machismo, pero lo más lamentable es que la gran mayoría de las mujeres consideran que es correcto, ya que así son educadas y contribuyen a su continuidad al educar a sus hijos con estas creencias.

No hay duda de que el machismo las ofende, pero también es evidente que disfrutan de ciertos beneficios al aceptarlo. Desde niñas son más protegidas, se les exige menos rendimiento escolar y no se espera un desarrollo profesional, pero si la dedicación al hogar.

También queda claro que aunque una mujer esté dispuesta a aceptar ese rol, las condiciones actuales no se lo permiten y tampoco el varón podría justificarlo. Se requiere de mayor participación femenina en las decisiones económicas y sociales, que estén preparadas para encarar cambios repentinos en su propia vida y que se desarrollen en actividades a su gusto y libre albedrío, entre otras razones ya muy difundidas por las organizaciones feministas.

Es responsabilidad de esta generación, principalmente de las mujeres, educar a las siguientes para hacer a un lado las enseñanzas machistas y patriarcales. Esto no significa un cambio de roles, es decir, pasar del machismo al hembrismo o misandria y mucho menos al matriarcado. Pero sí un retorno a esas primeras organizaciones donde las tareas se repartían de acuerdo a las condiciones imperantes, donde no es importante el género, sino lo que se aporte a la familia. Que sin importar si uno u otro tiene o no propiedades, grados académicos, trabajos remunerados, etc., se vean como complementos de un núcleo familiar y todos se enfoquen en un bienestar común.

Luciano García

Twitter:@Luciano__Garcia



Comentarios de Facebook