Hay de cumbres a Cumbres

El arte y la cultura también pueden ser redituables

Soy poco afecto a asistir a conciertos. No voy a explicar por qué. No son de mi interés, pero a mi pareja sí le gustan y me externó su deseo de asistir al último concierto de la Cumbre Tajín. Por fortuna me obsequiaron unos pases de cortesía y se pudo realizar.

No voy a reseñar el concierto porque esa no es la intención de este artículo.

Para empezar, lo primero que noté fue la enorme fila de autos en la carretera para llegar. Sin embargo, nuestros acompañantes nos aclararon que en otros años hubo más aglomeración. Esto significa que la asistencia ha disminuido. Aun así, empecé a vislumbrar lo que debió haber sido el tráfico vehicular en los días y años anteriores.

Luego se presentó el problema del estacionamiento. Era obvio que en el gratuito ya no había cupo, así que la opción fue dejarlo en algún predio habilitado como tal. Conté cuatro entradas a sendos predios donde la tarifa era de cincuenta pesos. De primera impresión me pareció excesivo, pero tomando en cuenta que no contabilizaban las horas, asumí que la tarifa cubría todo el día. De hecho, fueron cinco horas efectivas que se usó el servicio, lo que da un costo de diez pesos por hora, bastante aceptable comparado con las tarifas de estacionamientos establecidos en otras partes.

Otra cosa que noté fue la cantidad de puestos de comida rápida que se instalaron a la entrada de los estacionamientos, a la vera de la carretera, además de los puestos móviles que circulaban por la entrada del parque. De haber llegado antes hubiera cenado en uno de esos puestos, pero no fue así.

Huelga decir que la fila para entrar estaba larguísima y aunque avanzaba a buen ritmo, tardamos casi una hora para entrar, por lo que supusimos que el espectáculo principal ya había empezado. Afortunadamente para nosotros –no para los que llegaron temprano o que ya estaban ahí- hubo otro concierto antes ejecutado por otra artista.

Una de las acompañantes ha trabajado en Cumbre Tajín por varios años y me volvió a comentar que esta vez la cantidad de asistentes fue menor que otros años, cuando no se podía caminar apropiadamente por los pasillos y las áreas verdes se atestaban de personas.

A pesar de esto y una vez que el concierto dio fin, la salida del parque fue  típicamente aglomerada. Un río de gente por aproximadamente veinte o treinta minutos. Una vez en la entrada del estacionamiento el hambre ganó la batalla y buscamos un lugar para cenar.

Otra vez es evidente que la cantidad de personas abarrotaron todos los puestos de comida. Escogimos uno de tacos que  los ofertaba a cinco por treinta pesos y los refrescos a veinte pesos cada uno. A estas alturas una de las acompañantes ya se nos había adelantado y la otra presentaba malestar estomacal, así que fueron solo dos órdenes con un refresco: $80.00 en total.

Una vez saciada el hambre nos dirigimos al vehículo y noté que el predio todavía se encontraba lleno, aunque ya se habían retirado una buena cantidad. Estimo que había alrededor de doscientos vehículos estacionados, lo que daría un total de diez mil pesos de ingresos tan solo por esas cuatro o cinco horas del concierto.

Y eso es lo que me motivó a escribir la experiencia.

Esos cuatro días que duró el Festival Cumbre Tajín dejaron una buena derrama económica para los involucrados. Desde los dueños de los predios que sirvieron de estacionamiento pasando por los empleados temporales que trabajaron dentro de las instalaciones hasta los vendedores ambulantes de recuerdos, chucherías y comida rápida.

Por cinco horas, el dueño del predio obtuvo probablemente un aproximado de diez mil pesos; sumemos lo del resto del día y esa cantidad por cuatro días del evento y multipliquemos por los cuatro o cinco predios que se habilitaron para ese servicio. Es una cantidad ya considerable. Los vendedores de comida, de la misma forma, tal vez agotaron sus mercancías, dada la cantidad de personas que buscaban comer. Y también es probable que con los ambulantes haya sucedido lo mismo.

Es decir, la realización de un evento como Cumbre Tajín, independientemente de los beneficios económicos obtenidos por los eventos en sí, permite que otras personas también se beneficien. No solamente los que menciono en mi relato. También los servicios de transporte de pasajeros (taxis y autobuses), de hospedaje (las cifras las pueden leer aquí) y la influencia puede llegar hasta los municipios aledaños, que cuentan con playas, zonas arqueológicas, parques ecológicos, etc.

Si el evento de Cumbre Tajín 2017 –a pesar de la poca afluencia- tuvo un efecto de repunte en turismo, ventas, transporte y demás actividades económicas, entonces es concluyente que debe repetirse, pero no solo cada marzo. En abril se puede celebrar otro festival con motivo del Día del Niño, en mayo con el Día de la Madre, en junio con el Día del Padre, en julio con el del abuelo o del tío, en agosto con el de los pueblos indígenas, en fin. Pretextos o motivos para hacer fiesta sobran.

Lo que falta son voluntades.

Voluntades que quieran hacer algo por la comunidad. Que no se sujeten a una autoridad que puede tener su propia agenda, como lo fue con el pasado gobernador. Que permitan la inclusión de más participantes, incluso de la iniciativa privada con sus propios fondos y ganancias. Que establezcan un patronato, consejo o lo que sea que maneje las instalaciones para beneficio regional, no solo estatal y que esté comprometido con desarrollar los eventos y mejorarlos, aunque sea un poquito cada vez y que se logre una proyección mundial, como ya sucedió hace pocos años.

Tenemos mucho potencial para desarrollar y se requieren personas que apuesten y trabajen por este crecimiento.

 

Luciano García

Twitter: @Luciano__Garcia

Fotografía: Diego Aguilera Madero

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