Mexicanos de sangre azul, la identidad perdida y añorada

¿Qué es peor que una nación sin identidad? Una nación con identidad equivocada.

En la última parte de las campañas políticas efectuadas en varias entidades de la nación han salido a relucir las malas actitudes de los partidarios y seguidores de los candidatos y personajes involucrados en tales campañas.

Resulta odioso darse cuenta de que la principal motivación de la mayoría de los candidatos y sus seguidores sigue siendo la riqueza que a su vez posibilita la obtención de poder. Y digo mayoría porque existen algunos idealistas que sí tienen la intención de ayudar a su comunidad, pero son pocos y casi desconocidos.

Esto es una prueba más de la “herencia” cultural obtenida de los conquistadores españoles, cuya única finalidad era la de volverse ricos y regresar a Europa para convertirse en hidalgos, único título inmediato disponible ya sea por méritos y servicios o por simple compra en la España de esa época.

La persistencia de esta herencia es evidente porque incluso en la actualidad se busca la riqueza como una forma para alcanzar una distinción y adquirir privilegios sobre los demás, es decir, se pretende conseguir una especie de título de nobleza (con todo lo que esto pudiera significar) mediante el uso del dinero y con ello distinguirse de los ciudadanos comunes, dejando a un lado que el concepto de noble se refiere, entre otras cosas, a alguien que es conocido, notable o notorio por sus hechos o virtudes entre los demás hombres y actualmente, en los países europeos, se refiere a los descendientes de aquellos que han servido bien a su patria, quienes heredan tal legado con el fin de que sigan las huellas de sus mayores y se distingan como ellos por sus talentos o grandes servicios.

La nobleza, junto con el clero y el tercer estado (también llamado pueblo o plebe) eran los tres estratos sociales o estamentos que conformaban la antigua sociedad europea.

Identidad perdida y añorada

De acuerdo a lo anterior es evidente que ninguna riqueza es capaz de proporcionar alguna calidad humana, por lo que esta práctica es inútil y contrariamente se obtiene un reconocimiento negativo.

Así nos encontramos con personas adineradas o no, que piensan que son diferentes y buscan razones para mostrar tal diferencia; que aunque su cultura y formación académica es estrecha o nula critican manifestaciones populares con el fin de degradar a quienes las practican; que no intentan comprender a la sociedad que viven, rechazándola y obteniendo de vuelta el repudio de los demás reafirmando entonces que no pertenecen a la comunidad. En resumen, son individuos que habiendo nacido y crecido en México, exhiben una identidad diferente imitando principalmente usos y costumbres europeos como si tal presentación los convirtiera en seres superiores a los de su entorno.

Lamentablemente no son pocos los casos así. Las redes sociales se han encargado de difundir cada vez más a elementos que muestran tales comportamientos, pero en realidad se les puede encontrar todos los días, a todas horas y en todos lugares.

El problema se agrava cuando alguna persona con este síndrome es colocado en alguna posición de preponderancia, como puede ser la ventanilla donde se efectúa algún trámite administrativo o el presidente de una nación, pasando por cualquier escalafón en la escala laboral, empresarial o política.

Ahí es donde se exteriorizan todos los síntomas descritos anteriormente y más. El hecho de situarse por arriba de los comunes (como si le fuera concedido un título) le confirma su supuesta superioridad y se permite a sí mismo demostrarlo con mayor intensidad.

Como dije antes, esto es debido a la falta de valores que padece nuestra sociedad desde tiempos prehispánicos y a la deformación del concepto llegando a convertirse en personas prepotentes, desconsideradas, abusivas, autoritarias, arbitrarias, caprichosas, despóticas, intolerantes  y más adjetivos aplicables, justificándose con la simple idea de que son de una “raza superior”.

El reconocimiento y el prestigio conforman una de las necesidades básicas en el ser humano, junto con el afecto y la seguridad. Por esa importancia se busca satisfacerla con tanto empeño.

Sin embargo, esto depende mucho de la educación recibida por el entorno. Cada quién tiene una forma diferente de sentirse apreciado pero la mayoría hemos aprendido que el dinero y la riqueza es lo que nos va a dar tal satisfacción, lo cual es completamente erróneo.

En la antigua Europa se lograba con base en los hechos, el  servicio y las virtudes del individuo. Las riquezas podrían venir después como consecuencia de sus reconocimientos. Lamentablemente con el tiempo y la pobre educación, este concepto se fue deformando hasta llegar a lo que es ahora, pero ya está comprobado que no es funcional. Por lo tanto debemos volver a buscar el reconocimiento en su forma original. Así por ejemplo, un músico puede ser reconocido por su virtuosismo y dedicación, un médico por su vocación de servicio o un político por su buena administración y preocupación por su comunidad.

Como puntos finales agregaré lo siguiente:

Identidad perdida y añorada

La cultura mexicana es muy apreciada por los europeos y el mundo en general. Cada visitante extranjero que llega no deja de sorprenderse y exaltar la comida, las costumbres, las tradiciones y todo lo que representa México, por los que les resulta incongruente cómo nos despreciamos a nosotros mismos y creemos que los europeos y su cultura son superiores cuando ellos mismos ven que lo nuestro tiene un valor incalculable.

Por otro lado, sí existen mexicanos de sangre azul. Se trata de dos linajes separados y reconocidos por las casas nobles europeas. Una es de los descendientes de Moctezuma II, cuyas hijas se casaron con españoles, a quienes les otorgaron títulos de nobleza de la Nueva España, tuvieron hijos, viajaron y se asentaron en Granada, España, convirtiéndose en los Condes de Miravalle. A una de estas ramas pertenece Blanca Barragán Moctezuma, notoria por sus esfuerzos en afán de traer de regreso a México el penacho de su antepasado.

El otro linaje pertenece a los descendientes de Agustín de Iturbide, primer emperador mexicano y consumador de la Independencia del país. Sus hijos se quedaron en Europa y la bisnieta María Gisela Tunkl Iturbide se casó con el conde Gustavo Adolfo von Götzen y es madre del conde Maximiliano Götzen-Iturbide, actual heredero al inexistente Trono de México. Actualmente viven en “exilio” en Perth, Australia.

Luciano García

Twitter: @Luciano__Garcia

Fuentes:

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