Señor Don Dinero

 

Hubo un tiempo en el que el bienestar de una familia dependía del tamaño de sus siembras, la cantidad de animales que podían criar o cazar y la capacidad de trabajo de sus miembros. Cualquier excedente en la producción, recolección o cacería se podía intercambiar con otras familias por bienes necesarios. Una familia que fabricara telas de la lana de sus ovejas podía recurrir al trueque para obtener instrumentos de labranza, por ejemplo, de algún herrero, vasijas de barro de algún alfarero o bien otro tipo de alimentos de otros granjeros.

Con el tiempo y el aumento de la población este sistema dejó de ser eficiente ya que muchas veces no coincidían las necesidades o no coincidían las valoraciones de los productos o ambas situaciones. Entonces se empezó a usar algún bien de uso común que sirviera como medio de intercambio. Fueron muchos tipos de mercancías que buscaban cumplir con ese propósito sin lograrlo totalmente: se intentó utilizar ganado, pero no se podía dividir en pequeñas partes, aceite de oliva (muy divisible, pero difícil de utilizar), cerveza, vino, cigarrillos, algunos metales. Fueron estos últimos los que más se acomodaron a los requisitos pues se podían dividir en pedazos reducidos, eran fáciles de distinguir, tenían belleza, resistencia y valor propio. La plata y el oro fueron los más utilizados, inicialmente en forma rústica y luego en forma más elaborada como monedas acuñadas y selladas por las autoridades para garantizar su valor. Sin embargo, la dificultad y el peligro de llevar monedas de oro o plata hizo conveniente reemplazarlas por algo más fácil de cargar y cuidar y se llegó al papel moneda, llamado comúnmente billete.

Actualmente el dinero ya no es solo un medio de intercambio comercial sino que está siendo tomado como objeto de culto y se le ha dado más atributos de los que tiene llegando a generar verdaderos problemas mentales y emocionales en las personas. Esta doctrina ha reemplazado o devaluado principios morales que regían las conductas individuales. Y los casos más graves se han dado en los administradores públicos, quienes por definición deberían ser las personas con más vocación al servicio, ya que son los encargados de proporcionar bienestar a sus pueblos con recursos derivados de la misma ciudadanía. Así, hemos podido enterarnos de fraudes mayúsculos de empresas privadas en complicidad con altos funcionarios a todo lo largo y ancho del mundo, donde México no es la excepción y contamos con enormes desfalcos de parte de gobernadores como Andrés Granier, quién presumió en un audio de tener 400 pares de zapatos, 300 trajes, mil camisas, 400 pantalones, entre otros lujos más y actualmente está arrestado en un pabellón del Hospital General Torre Médica del Penal Femenil Tepepan; Javier Duarte, quién se encuentra prófugo por malversar más de 60 mil millones de pesos; César Duarte, que enfrenta investigación y juicio penal; Humberto Moreira, acusado de lavar dinero del crimen organizado; Guillermo Padrés, investigado por enriquecimiento ilícito; Rodrigo Medina, quien aparece como dueño de al menos 22 propiedades, ya embargadas; secretarios de estado como Luis Videgaray, quien intercambio una casa en Malinalco con valor de siete millones y medio de pesos por tres obras de arte y un cheque que fue cobrado por el Grupo HIGA hasta que se iniciaron las investigaciones; la esposa del Presidente de la República, Angélica Rivera, clienta también del Grupo HIGA al comprar una casa de 86 millones de pesos por sí sola.

Sin embargo, estos mega-fraudes encubren y minimizan los pequeños fraudes que se cometen en la vida cotidiana del ciudadano promedio en todos los ambientes. Desde copiar una tarea hasta plagiar una tesis. Desde pasarse un alto o dar una vuelta prohibida hasta zafarse de responsabilidades sobornando a la policía. Hay tantas formas de corromperse como leyes existan. Y si tanto autoridades como ciudadanos están de acuerdo en usar el dinero para no cumplir con las leyes, entonces tenemos un problema social derivado de una actitud personal en cada uno de los participantes y es el darle más valor al dinero que a las leyes y a todo lo demás, incluso la vida propia y la de otros. Solo así podemos explicarnos cómo es que el 99% de la población esté más preocupada por su adquisición que por los posibles conflictos morales que se generen en el proceso y las probables consecuencias económicas. Solo así, asumiendo que se trata de una devoción al dinero, podemos explicarnos la disposición generalizada en la población de aceptar la corrupción y de participar en ella. Solo así podemos entender cómo una persona necesita 400 trajes y mil camisas o una casa valuada en 80 millones de pesos o miles de millones en cuentas bancarias, que difícilmente se los podrá gastar en toda su vida, para sentirse bien y seguro.

Y entonces no nos debe extrañar que los ambientes políticos,  empresariales  y sociales tengan tintes de falsedad, con discursos seductores pero a la vez engañosos y que los ciudadanos estén de acuerdo y ávidos de asociarse entre ellos con el fin de conseguir ganancias monetarias y rendirle pleitesía al Señor Don Dinero, actual Rey del Mundo.

 

Luciano García

Twitter: @Luciano__Garcia

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