Sin responsabilidad no hay paraíso

Estamos en los años finales de la segunda década del siglo XXI y la tecnología ha avanzado a pasos gigantescos en los últimos cincuenta años. Desde el televisor en blanco y negro de bulbos hasta las actuales pantallas 3D y 4K de 80 pulgadas. Desde la radio de banda AM hasta las actuales transmisiones en vivo en las redes sociales que pueden ser vistas en un dispositivo que cabe en la palma de la mano.

Sería de esperarse que también hubiera avances en ámbitos sociales y aunque todavía hay mucho que recorrer, efectivamente los hay. Ya se han establecido derechos en materia sexual, laboral, religiosa, política y de expresión, entre otras, que eran impensables hace medio siglo.

Pero si damos un paso atrás y vemos el panorama ampliamente, podremos apreciar que es  apenas una generación la que ha disfrutado de estos avances.

Esto implica un riesgo ya que, parafraseando lo que le dijo el Tío Ben a Peter Parker en una de sus famosas películas, “Todo derecho conlleva una responsabilidad” y una generación podría no ser suficiente para asimilar las consecuencias del abuso de algún derecho en particular.

Si bien es cierto que algunos de los derechos ganados con el tiempo han sido bien establecidos sin dar lugar a abusos, otros se han prestado para ello y han causado problemas. Así, por ejemplo, el abuso de los derechos sexuales ha dado lugar a un incremento de embarazos no deseados y enfermedades venéreas, así como la popularización de prácticas cuestionables. El abuso en la libertad de credo ha favorecido el surgimiento de nuevas religiones, algunas de las cuales han resultado fraudulentas.

Pero hay un derecho del que se abusa constantemente y aunque pudiera parecer que no causa gran problema, en ciertas ocasiones sí puede resultar dañino.

Seamos directos. En esta sociedad, todos tenemos derecho a decir lo que nos plazca, pero todos tenemos la obligación de sustentar lo que decimos. Si no se hace lo último solo son palabras dichas –o escritas- sin ton ni son. El problema aparece cuando los receptores del mensaje aceptan lo dicho o escrito con total confianza. El resultado es algo peor que la falta de información porque cuando algo se desconoce muy probablemente no sea la causa de alguna acción. Pero cuando se tiene información errónea se puede usar como base para tomar decisiones que afectan nuestra vida.

Y como ejemplo tenemos muchos en la actualidad. Con los adelantos tecnológicos y el aumento en el uso de las redes sociales cualquiera puede tomar una foto o video y publicarlo en contextos equivocados. Cualquiera –incluido yo- puede escribir una opinión y publicarla en algún medio digital. Pero no cualquiera puede sustentar lo expresado y tampoco sucede que se detengan a pensar en las consecuencias que su expresión pueda generar en los destinatarios del mensaje.

Es verdad que en esta sociedad tenemos derecho a la libertad de expresión, pero también lo es que se necesita tener un criterio formado para saber cuándo y en qué forma podemos expresarnos.

Las herramientas actuales han permitido que muchos individuos se expresen en variadas formas: blogs escritos y videoblogs, foros de opinión tanto grabados como en vivo, mesas de debate y transmisiones en línea, todos con interacción con el público.

Esta capacidad de llegar directamente hasta los espectadores debe ser tomada con consciencia y no solo como el medio para lograr fama. Los que estamos comunicando algo debemos aceptar que podemos influir sobre las personas que nos reciben, por lo que se hace necesario que nuestra comunicación con el público tenga un fin mayor que sólo generar audiencia.

Debemos ser responsables con nuestras expresiones, con nuestros actos y en general con nuestra vida. De lo responsable que seamos, las siguientes generaciones lo tomarán como ejemplo y entonces podremos aspirar a un verdadero crecimiento social.

 

Luciano Garcia

Twitter: @Luciano__Garcia

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