¡Ya lo agarraron! ¿Y ahora?

Ahora sí el pasado sábado 15 de abril de 2017 fue Sábado de Gloria para los mexicanos. Las autoridades judiciales nos sorprendieron con la fabulosa noticia de que Javier Duarte de Ochoa, ex gobernador de Veracruz y principal acusado de multimillonario desvío de fondos públicos, había sido capturado.

Los pormenores del arresto ya son harto conocidos y precisamente por eso se ha desatado una serie de especulaciones y sospechas que apuntan hacia un acuerdo entre las partes con posibles intereses diferentes a la de hacer justicia al pueblo.

Desde el hecho de que se tuvo conocimiento de un viaje de ocho personas muy cercanas a Duarte (sus tres hijos, su cuñada, su suegra y otros tres familiares de Karime Macías) desde el aeropuerto de Toluca, donde se le detectaron miles de euros a José Armando Rodríguez Ayache, concuño de Duarte y quién libró el contratiempo mediante el pago de una multa ante Hacienda, hasta la sonrisa del mismo ante las cámaras y su simplista declaración de “No tengo comentarios, gracias”, pasando por la situación de que salió de forma voluntaria, no iba armado y no se le incautó nada durante el arresto.

Estos detalles hacen sospechar hasta al más ingenuo y ponen en entredicho las declaraciones de los altos funcionarios respecto a los resultados que se puedan tener del subsiguiente proceso legal.

Pero el problema no es si las autoridades, agencias de investigación, políticos, el presidente de la República y en general toda la clase política y gobernante son percibidos como corruptos y proclives a hacer y deshacer a su antojo al compás de los millones de pesos que puedan recibir provenientes de los recursos nacionales, sino el descontento y desconfianza de todos los mexicanos que no han sido beneficiados e incluso perjudicados con las prácticas corruptas de tal clase.

Basta con dar un recorrido por las redes sociales –que ya forman parte de la vida cotidiana- para darse cuenta del estado de ánimo de los participantes. Hay muy pocas reacciones de contento o conformidad y muchísimas de incredulidad, por decir lo menos. Pero el tono de las últimas es lo notable: enojo.

Definitivamente no estamos todavía ante un escenario parecido al que dio origen a la llamada Primavera árabe, pero si hiciéramos una especie de alertas, donde el verde es que todo está bien, salvo algunas débiles protestas, el amarillo significara que hay descontento general, protestas mayores, percepción de las autoridades como enemigos, etc., y el rojo fuera el indicativo de revueltas inminentes, con movimientos populares, riesgo de contingentes armados y enfrentamientos con policías y militares, yo diría que estamos en alerta amarilla.

La gran mayoría de la población ya no confía en sus gobernantes ni en sus autoridades ni en las instituciones encargadas de impartir justicia –recordemos el caso del juez Porky– por lo que se siente un estado de indefensión y por la propia naturaleza humana, buscará alguna forma de defenderse, pudiendo llegar a la violencia ante algún caso de represión o abuso.

Cuando una buena parte de la población se encuentra en este estado, puede aparecer algún mesías que arengue al pueblo a tomar acciones diferentes a las acostumbradas y dependiendo del discurso que presente es como se mostrará la respuesta de los ciudadanos. Es obvio que este personaje puede también manipular a las masas con fines particulares sin ningún beneficio que ofrecerles.

Pero el curso que podría ser el peor es cuando esos autonombrados líderes se enfocan en provocar un cambio violento. No solo cambiar las preferencias electorales, sino eliminar todo el proceso legal para un cambio democrático y usar la fuerza y la violencia para lograr esos fines.

La historia tiene muchos ejemplos de esto a lo largo de los siglos. Y actualmente estamos en una situación que puede llegar a descontrolarse. Estamos en alerta amarilla.

 

 

Luciano García

Twitter: @Luciano__Garcia

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